Sigo con el PHOTOSHOP, pero de vez en cuando aún me queda tiempo para escribir un poco, como el siguiente fragmento, que ahora mismo ni siquiera podría ubicar exactamente en la cronología del relato. Si alguien se pierde por aquí, podéis opinar con total libertad.El resplandor de Rarnhorg lo levantó suavemente del suelo. Incluso aquella caricia inhumana era mejor que una soledad absoluta. Sintió el tenue roce colándose morosamente bajo sus ropas, aflojando los desordenados vendajes, y se le escapó un suspiro. La luz se enroscó en torno a su cuerpo, casi aprisionándole y elevándose aún más con él. Sheran, medio dormido, le dejó hacer. Aquel soplo lamía sus cicatrices abiertas y el celestial se estremeció a causa del placer que despertaba en cada rincón de su piel, entremezclado de forma exquisita con el perenne dolor de sus heridas. Un dolor que Sheran aborrecía y, al mismo tiempo necesitaba tanto como respirar, porque le recordaba que era un ser vivo y no un fantasma exiliado en un lugar imaginario. Entreabrió los párpados. Rarnhorg, envuelta en millares de velos de luz, ya se había transformado, desnuda y preciosa como una perla. Flotaba sobre él, con las manos apoyadas contra su pecho y los ojos ardientes fijos en los suyos. A través de su translúcida aparición Sheran podía ver el centelleo dorado de los muros. El cautivo sintió un nudo en la garganta y cerró los ojos. La odiaba, pero intentó olvidarlo y concentrarse tan solo en las agradables sensaciones que le proporcionaba. Nunca había hecho el amor con una mujer. Ni con una celestial. No sabía cómo era sentir el calor de otro cuerpo junto al suyo. Rarnhorg era fría. Por un instante, Sheran supo con la nitidez de un latigazo que ya nada importaba. Su divino destino se había convertido en polvo cuando hundió su espada en el pecho de Noronha. En aquel entonces apenas tenía veinte años. Después habían seguido dos siglos de huidas y de maldiciones. Los aldeanos solían lanzarle piedras para ahuyentarlo. Jamás obtuvo de ellos ni un mendrugo, ni una palabra amable. Mucho menos los favores de una joven. Y cuando había intentado retomar de nuevo el timón de su existencia y reparar lo hecho, lo único que consiguió fue una condena perpetua. No había tenido tiempo de vivir, ni de amar, ni de conocer el mundo que le rodeaba con otros ojos que no fueran los de un intocable. Y ahora solo tenía a Rarnhorg. Sintió los labios del hechizo sobre los suyos. Con sumo cuidado Rarnhorg terminó de despojarle de los pocos harapos que le quedaban y, después, una por una, de las toscas vendas que se había hecho con su capa y su túnica al principio del cautiverio. Sheran no quiso abrir los ojos. Temía contemplar su propio cuerpo. También lo odiaba. Detestaba cada cicatriz, su aspecto desconsolado y vencido, los golpes y las magulladuras que eran como un libro sin palabras que narraba su calvario en aquel lugar. Prefería no verlo. Si se negaba a sí mismo aquella imagen aún podía creer que era como lo había lo sido una vez. Añoraba la inocencia que había poseído antaño. Ahora su existencia era desgraciada y repugnante. Ya hacía mucho tiempo que se había podrido en aquel lugar, sin poder hacer nada para evitarlo. Lo pensó mientras Rarnhorg le acariciaba el miembro, como solo puede hacerlo una criatura que domina el arte de convertir los sueños en realidad. Le arrancó un quedo gemido. La criatura luminiscente se colocó a horcajas sobre él. Sheran jadeó, pero tuvo que ser ella quien llevara sus manos hasta sus pechos, lisos como el nácar. El joven sintió los pezones duros entre sus dedos y un torbellino en el sexo de su amante que se extendió como fuego por sus entrañas. Le obligó a arquearse y aferrarse a Rarnhorg con tanta fuerza, que tuvo la seguridad de hacerle daño. En realidad lo deseaba y no se contuvo. Sin embargo la criatura no se quejó. En medio del éxtasis que le embargaba, Sheran se preguntó de repente cómo el hechizo poseía tanta maestría en dar placer. Desde luego desplegaba mucha más destreza de la que él mismo hubiera deseado o pedido debido a su desconocimiento del tema. Rarnhorg se acercó al rostro del joven y ahogó sus intensos quejidos con un beso tan apasionado que casi le quitó el aliento. Por una vez, Sheran dejó de empeñarse en ignorar lo que le ocurría y abrió los ojos. El celestial empujó a la criatura y la tumbó bajo él. La poseyó violentamente, embistiéndola sin ninguna consideración, hundiendo sus dedos en la piel suave, con tal rabia que, de ser humana, le hubiera arrancado un grito de dolor. Le aferró el rostro con una mano y le clavó los dientes en los labios rosados y trémulos. Se separó lentamente, sin soltarlos, apretando aún más. Enseguida, sin dejar de penetrarla, la besó con ímpetu. Pasó su lengua sobre la boca entreabierta del hechizo. Le hubiera gustado encontrar sangre en ella, pero, después de todo, no era de carne y hueso. Rarnhorg, moviéndose cadenciosamente al compás de los movimientos del joven, intentó acariciarle el torso, pero éste agarró sus manos y se las sujetó por encima de la cabeza. No soportaba que le tocara. El hechizo le devolvió la mirada con un brillo tan fulgurante que las pupilas habían desaparecido tras él. Sheran alcanzó el clímax y se dejó caer por fin sobre su amante, exhausto, e irritado sin poderlo evitar. Pero apenas el hechizo recibió su cuerpo e intentó acurrucarse contra él, el celestial se apartó con brusquedad, todavía recuperando la respiración. Rarnhorg no palpitaba y podía sentirlo con claridad permaneciendo tan cerca.—¿Por qué lo haces? Nunca te lo pedí.El hechizo se incorporó con la ingravidez de un espíritu y inclinó hacia él. Le rozó la mejilla, con la delicadeza con que se acaricia un objeto muy preciado. Sheran sintió el roce como si le quemara. No apartó los ojos de Rarnhorg. El joven recordaba hechos que se perdían en los abismos de un tiempo muerto. Su propias manos manchadas con las entrañas de un dios, la sangre que había derramado como un océano a su paso. Todavía le parecía oler el miedo en los ejércitos de demonios que habían conseguido acorralarle en un pasado tan lejano que ya le parecía un sueño. Los ojos de Sheran se entrecerraron apenas, con un brillo acerado que hubiera helado el aliento a cualquiera. Aquella criatura trataba a un tigre como si fuera un gato.—No era necesario —susurró Rarnhorg amorosamente.—¿Acaso te causa placer hacer el amor conmigo? —preguntó el joven, dudoso.Sheran se apartó de una nueva caricia. Rarnhorg dejó descansar su mano blandamente en el muslo de su cautivo, mientras le contemplaba. El cuerpo desnudo del celestial se mostraba sin ningún pudor, cubierto por innumerables heridas y golpes, pero aquella criatura parecía encontrarle fascinante. La luz que los envolvía a ambos palpitó suavemente.Cuando se acostaban Rarnhorg terminaba materializándose de manera tan corpórea que sus cabellos, su carne, sus labios rosados palpitaban con tanta humanidad como los de Sheran. Casi como si se contagiara de la calidez de su cautivo. En una ocasión el joven la había ensartado con su espada mientras hacían el amor, cuando poseía aquella forma tan real, con la alocada esperanza de encontrar un corazón que atravesar. Había sido como acuchillar una cascada de agua. La hoja salió sin dejar la menor herida. Al menos en su piel. Sheran recordaba que los ojos del hechizo se habían humedecido un poco. Mientras pensaba en todo aquello, seguía pesándola, midiéndola, intentando traspasar su enigmática expresión. Rarnhorg ladeó la cabeza en un gesto adorable. Entreabrió los labios con la sombra de una sonrisa.—¿Te preocupa lo que yo siento?—Era sólo curiosidad —murmuró el joven, en tono ausente. Su mente siempre buscaba cualquier cosa que pudiera volver en su favor. Inquieta, como una rata enjaulada.Los dedos de Rarnhorg juguetearon sobre la piel del celestial.—Tan solo me complace complacerte, Sheran.Al joven aquello le provocaba disgusto, más que otra cosa.—No debería ni tocarte —exclamó, asqueado de sus propios actos.Sheran se pasó una mano por la frente. Estaba casi seguro de que Rarnhorg no sentía ni dolor, ni placer físico. Su goce bebía de otras fuentes. Y quizá que el celestial le perteneciera era una de ellas. En el suelo, mucho más abajo, yacían sus ropajes desgarrados y sus vendas. Sheran hubiera querido vestirse, pero se encontraban encerrados en un halo de luz del que no podía salir. El hechizo obedecía dócilmente la mayoría de los deseos del joven, pero éste no dejaba de ser consciente de que era Rarnhorg el que tenía la última palabra respecto a todo lo que le concernía. Ni siquiera podía vestirse cuando lo deseaba.—¿Por qué te enojas conmigo? —murmuró el hechizo—. Es una muestra de afecto.—No quiero tu afecto —respondió Sheran, abruptamente—. Déjame bajar.El hechizo obedeció, aunque durante un momento de vacilación le había contemplado con la inexpresividad de una estatua.Mientras empezaba a vendarse de nuevo, Rarnhorg se arrodilló por fin a su lado.—Deja que te ayude.Tomó las telas de sus manos y el joven se recostó contra el poste de madera. Las vendas parecían moverse casi solas entre los dedos de la criatura de luz. Sheran la observó en silencio.—Dices que me amas, pero si fuera cierto, me dejarías libre.No era la primera vez que se lo pedía, ni sería la última. Aunque sabía con certeza que nunca accedería, no podía dejar de hacerlo, porque a veces le parecía casi una mujer. O quizá quería creer que podía acercarse a serlo y por lo tanto a entenderle, a volverse más maleable para sus propósitos. Sin embargo la respuesta era siempre la misma.—Nunca, Sheran. Mi misma esencia es el hecho de que tu permanezcas aquí —respondió Rarnhorg, si apartar la mirada de lo que estaba haciendo.—Es un verdadero problema que me necesites para estar vivo —reflexionó su prisionero gravemente.Las manos de Rarnhorg se detuvieron un instante en lo que estaba haciendo.—No sólo para eso — murmuró sin levantar la vista. De repente Rarnhorg le dirigió una mirada furtiva, a la vez chispeante y temible—. Aunque no me destruyera el liberarte, tampoco te dejaría ir.Sheran no advirtió el gesto, ni el tono extrañamente áspero de aquella afirmación, ocupado en terminar de vestirse. El hechizo empezó a calzarle las botas. De repente sus ágiles dedos se detuvieron otra vez. Los ojos de Rarnhorg se volvieron negros. Volvió apenas la cabeza.—¿Qué ocurre? —preguntó Sheran.La imagen de Rarnhorg empezó a crecer desmesuradamente y a cambiar. Se alejó hacia los muros. Sheran terminó de atarse las botas y se levantó de un salto, empuñando a Gorgthaab.—¿Han regresado los gorg? —insistió el celestial, alarmado.La presencia de Rarnhorg se había transformado en un ser oscuro y palpitante, como una bestia gigantesca, retorciéndose en vapor plomizo. Sus grandes cascos golpearon estruendosamente el suelo y su respiración llenó el salón, como el bufido de una tormenta. Giró a medias la cabeza astada, de ojos como pozos sin fondo. Era aterrador. A Sheran le pareció imposible que apenas unos instantes antes hubiera estado haciendo el amor con aquello.—¡Rarnhorg, detente! —le gritó Sheran—¡Dime lo que ocurre!Aquel ser monstruoso se volvió apenas, pero le ignoró y desapareció a través del muro.Sheran avanzó todo lo que pudo en aquella dirección, hasta que la correa le retuvo. Y entonces lo percibió, como un eco que le hizo temblar las entrañas. Se dobló sobre sí mismo, golpeado por una presencia desconocida. Y sin embargo, todo desapareció de golpe, como si alguien hubiera corrido un grueso velo y se lo ocultara. El joven apoyó la espada en el suelo y se incorporó, respirando profundamente. Se mordió los labios con fuerza, contemplando impotente las piedras que le impedían ver, sentir y saber lo que ocurría tras ellas.Otra vez volvió a ser consciente de que se rompía en pedazos. No tenía necesidades que le acuciaran. Ni hambre, ni sed, ni siquiera sueño. Siempre que dormía era porque Rarnhorg le obligaba, sobre todo en las épocas en que le dominaba una desesperación que no conseguía ahogar. Solo había dos cosas que podía hacer en su interminable cautiverio para calmar el torbellino que le estrujaba las tripas: enfrentar a los gorg y acostarse con Rarnhorg. Y si podía elegir, prefería de largo empuñar su espada y despedazar demonios de fuego antes que lo segundo. Por muchas cicatrices que aquello le costara. Pero los gorg habían desaparecido. Quizá los había matado a todos o simplemente evitaban el lugar donde se encontraba, después de que los huesos de centenares de ellos se hubieran amontonado sus pies sin conseguir matarle. Y ahora lo único que le quedaba era follarse a un hechizo. Sheran se dejó caer sentado y apoyó la mejilla en la hoja de la espada que sostenía contra el suelo. Esperando que ocurriera algo. De repente pidiéndolo a gritos. Gritos que levantaron ecos infinitos en aquel salón desolado e inmenso.
domingo, 8 de enero de 2012
El cautivo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada