ANERHUIN
sábado, 12 de mayo de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
La Serpiente Enroscada
sábado, 28 de abril de 2012
Un dibujo
Hace tiempo que no piso estas tierras. Tres nuevos capítulos de la primera parte de mi libro me han robado todo el tiempo libre del que dispongo. Amén de mis pulsos con la ilustración digital, a la que me enfrento en obcecada evitación de manuales. Y es que dar palos de ciego también es divertido.
He aquí lo que podríamos llamar mi primera ilustración creada y desarrollada íntegramente en Photoshop (y un pelín de Corel). Ardo en deseos de aplicar lo que estoy experimentando en mis ilustraciones de fantasía. Pero todo se andará. Aún me falta el resto del cuerpo. Que la disfruteis.
domingo, 8 de enero de 2012
El cautivo
Sigo con el PHOTOSHOP, pero de vez en cuando aún me queda tiempo para escribir un poco, como el siguiente fragmento, que ahora mismo ni siquiera podría ubicar exactamente en la cronología del relato. Si alguien se pierde por aquí, podéis opinar con total libertad.El resplandor de Rarnhorg lo levantó suavemente del suelo. Incluso aquella caricia inhumana era mejor que una soledad absoluta. Sintió el tenue roce colándose morosamente bajo sus ropas, aflojando los desordenados vendajes, y se le escapó un suspiro. La luz se enroscó en torno a su cuerpo, casi aprisionándole y elevándose aún más con él. Sheran, medio dormido, le dejó hacer. Aquel soplo lamía sus cicatrices abiertas y el celestial se estremeció a causa del placer que despertaba en cada rincón de su piel, entremezclado de forma exquisita con el perenne dolor de sus heridas. Un dolor que Sheran aborrecía y, al mismo tiempo necesitaba tanto como respirar, porque le recordaba que era un ser vivo y no un fantasma exiliado en un lugar imaginario. Entreabrió los párpados. Rarnhorg, envuelta en millares de velos de luz, ya se había transformado, desnuda y preciosa como una perla. Flotaba sobre él, con las manos apoyadas contra su pecho y los ojos ardientes fijos en los suyos. A través de su translúcida aparición Sheran podía ver el centelleo dorado de los muros. El cautivo sintió un nudo en la garganta y cerró los ojos. La odiaba, pero intentó olvidarlo y concentrarse tan solo en las agradables sensaciones que le proporcionaba. Nunca había hecho el amor con una mujer. Ni con una celestial. No sabía cómo era sentir el calor de otro cuerpo junto al suyo. Rarnhorg era fría. Por un instante, Sheran supo con la nitidez de un latigazo que ya nada importaba. Su divino destino se había convertido en polvo cuando hundió su espada en el pecho de Noronha. En aquel entonces apenas tenía veinte años. Después habían seguido dos siglos de huidas y de maldiciones. Los aldeanos solían lanzarle piedras para ahuyentarlo. Jamás obtuvo de ellos ni un mendrugo, ni una palabra amable. Mucho menos los favores de una joven. Y cuando había intentado retomar de nuevo el timón de su existencia y reparar lo hecho, lo único que consiguió fue una condena perpetua. No había tenido tiempo de vivir, ni de amar, ni de conocer el mundo que le rodeaba con otros ojos que no fueran los de un intocable. Y ahora solo tenía a Rarnhorg. Sintió los labios del hechizo sobre los suyos. Con sumo cuidado Rarnhorg terminó de despojarle de los pocos harapos que le quedaban y, después, una por una, de las toscas vendas que se había hecho con su capa y su túnica al principio del cautiverio. Sheran no quiso abrir los ojos. Temía contemplar su propio cuerpo. También lo odiaba. Detestaba cada cicatriz, su aspecto desconsolado y vencido, los golpes y las magulladuras que eran como un libro sin palabras que narraba su calvario en aquel lugar. Prefería no verlo. Si se negaba a sí mismo aquella imagen aún podía creer que era como lo había lo sido una vez. Añoraba la inocencia que había poseído antaño. Ahora su existencia era desgraciada y repugnante. Ya hacía mucho tiempo que se había podrido en aquel lugar, sin poder hacer nada para evitarlo. Lo pensó mientras Rarnhorg le acariciaba el miembro, como solo puede hacerlo una criatura que domina el arte de convertir los sueños en realidad. Le arrancó un quedo gemido. La criatura luminiscente se colocó a horcajas sobre él. Sheran jadeó, pero tuvo que ser ella quien llevara sus manos hasta sus pechos, lisos como el nácar. El joven sintió los pezones duros entre sus dedos y un torbellino en el sexo de su amante que se extendió como fuego por sus entrañas. Le obligó a arquearse y aferrarse a Rarnhorg con tanta fuerza, que tuvo la seguridad de hacerle daño. En realidad lo deseaba y no se contuvo. Sin embargo la criatura no se quejó. En medio del éxtasis que le embargaba, Sheran se preguntó de repente cómo el hechizo poseía tanta maestría en dar placer. Desde luego desplegaba mucha más destreza de la que él mismo hubiera deseado o pedido debido a su desconocimiento del tema. Rarnhorg se acercó al rostro del joven y ahogó sus intensos quejidos con un beso tan apasionado que casi le quitó el aliento. Por una vez, Sheran dejó de empeñarse en ignorar lo que le ocurría y abrió los ojos. El celestial empujó a la criatura y la tumbó bajo él. La poseyó violentamente, embistiéndola sin ninguna consideración, hundiendo sus dedos en la piel suave, con tal rabia que, de ser humana, le hubiera arrancado un grito de dolor. Le aferró el rostro con una mano y le clavó los dientes en los labios rosados y trémulos. Se separó lentamente, sin soltarlos, apretando aún más. Enseguida, sin dejar de penetrarla, la besó con ímpetu. Pasó su lengua sobre la boca entreabierta del hechizo. Le hubiera gustado encontrar sangre en ella, pero, después de todo, no era de carne y hueso. Rarnhorg, moviéndose cadenciosamente al compás de los movimientos del joven, intentó acariciarle el torso, pero éste agarró sus manos y se las sujetó por encima de la cabeza. No soportaba que le tocara. El hechizo le devolvió la mirada con un brillo tan fulgurante que las pupilas habían desaparecido tras él. Sheran alcanzó el clímax y se dejó caer por fin sobre su amante, exhausto, e irritado sin poderlo evitar. Pero apenas el hechizo recibió su cuerpo e intentó acurrucarse contra él, el celestial se apartó con brusquedad, todavía recuperando la respiración. Rarnhorg no palpitaba y podía sentirlo con claridad permaneciendo tan cerca.—¿Por qué lo haces? Nunca te lo pedí.El hechizo se incorporó con la ingravidez de un espíritu y inclinó hacia él. Le rozó la mejilla, con la delicadeza con que se acaricia un objeto muy preciado. Sheran sintió el roce como si le quemara. No apartó los ojos de Rarnhorg. El joven recordaba hechos que se perdían en los abismos de un tiempo muerto. Su propias manos manchadas con las entrañas de un dios, la sangre que había derramado como un océano a su paso. Todavía le parecía oler el miedo en los ejércitos de demonios que habían conseguido acorralarle en un pasado tan lejano que ya le parecía un sueño. Los ojos de Sheran se entrecerraron apenas, con un brillo acerado que hubiera helado el aliento a cualquiera. Aquella criatura trataba a un tigre como si fuera un gato.—No era necesario —susurró Rarnhorg amorosamente.—¿Acaso te causa placer hacer el amor conmigo? —preguntó el joven, dudoso.Sheran se apartó de una nueva caricia. Rarnhorg dejó descansar su mano blandamente en el muslo de su cautivo, mientras le contemplaba. El cuerpo desnudo del celestial se mostraba sin ningún pudor, cubierto por innumerables heridas y golpes, pero aquella criatura parecía encontrarle fascinante. La luz que los envolvía a ambos palpitó suavemente.Cuando se acostaban Rarnhorg terminaba materializándose de manera tan corpórea que sus cabellos, su carne, sus labios rosados palpitaban con tanta humanidad como los de Sheran. Casi como si se contagiara de la calidez de su cautivo. En una ocasión el joven la había ensartado con su espada mientras hacían el amor, cuando poseía aquella forma tan real, con la alocada esperanza de encontrar un corazón que atravesar. Había sido como acuchillar una cascada de agua. La hoja salió sin dejar la menor herida. Al menos en su piel. Sheran recordaba que los ojos del hechizo se habían humedecido un poco. Mientras pensaba en todo aquello, seguía pesándola, midiéndola, intentando traspasar su enigmática expresión. Rarnhorg ladeó la cabeza en un gesto adorable. Entreabrió los labios con la sombra de una sonrisa.—¿Te preocupa lo que yo siento?—Era sólo curiosidad —murmuró el joven, en tono ausente. Su mente siempre buscaba cualquier cosa que pudiera volver en su favor. Inquieta, como una rata enjaulada.Los dedos de Rarnhorg juguetearon sobre la piel del celestial.—Tan solo me complace complacerte, Sheran.Al joven aquello le provocaba disgusto, más que otra cosa.—No debería ni tocarte —exclamó, asqueado de sus propios actos.Sheran se pasó una mano por la frente. Estaba casi seguro de que Rarnhorg no sentía ni dolor, ni placer físico. Su goce bebía de otras fuentes. Y quizá que el celestial le perteneciera era una de ellas. En el suelo, mucho más abajo, yacían sus ropajes desgarrados y sus vendas. Sheran hubiera querido vestirse, pero se encontraban encerrados en un halo de luz del que no podía salir. El hechizo obedecía dócilmente la mayoría de los deseos del joven, pero éste no dejaba de ser consciente de que era Rarnhorg el que tenía la última palabra respecto a todo lo que le concernía. Ni siquiera podía vestirse cuando lo deseaba.—¿Por qué te enojas conmigo? —murmuró el hechizo—. Es una muestra de afecto.—No quiero tu afecto —respondió Sheran, abruptamente—. Déjame bajar.El hechizo obedeció, aunque durante un momento de vacilación le había contemplado con la inexpresividad de una estatua.Mientras empezaba a vendarse de nuevo, Rarnhorg se arrodilló por fin a su lado.—Deja que te ayude.Tomó las telas de sus manos y el joven se recostó contra el poste de madera. Las vendas parecían moverse casi solas entre los dedos de la criatura de luz. Sheran la observó en silencio.—Dices que me amas, pero si fuera cierto, me dejarías libre.No era la primera vez que se lo pedía, ni sería la última. Aunque sabía con certeza que nunca accedería, no podía dejar de hacerlo, porque a veces le parecía casi una mujer. O quizá quería creer que podía acercarse a serlo y por lo tanto a entenderle, a volverse más maleable para sus propósitos. Sin embargo la respuesta era siempre la misma.—Nunca, Sheran. Mi misma esencia es el hecho de que tu permanezcas aquí —respondió Rarnhorg, si apartar la mirada de lo que estaba haciendo.—Es un verdadero problema que me necesites para estar vivo —reflexionó su prisionero gravemente.Las manos de Rarnhorg se detuvieron un instante en lo que estaba haciendo.—No sólo para eso — murmuró sin levantar la vista. De repente Rarnhorg le dirigió una mirada furtiva, a la vez chispeante y temible—. Aunque no me destruyera el liberarte, tampoco te dejaría ir.Sheran no advirtió el gesto, ni el tono extrañamente áspero de aquella afirmación, ocupado en terminar de vestirse. El hechizo empezó a calzarle las botas. De repente sus ágiles dedos se detuvieron otra vez. Los ojos de Rarnhorg se volvieron negros. Volvió apenas la cabeza.—¿Qué ocurre? —preguntó Sheran.La imagen de Rarnhorg empezó a crecer desmesuradamente y a cambiar. Se alejó hacia los muros. Sheran terminó de atarse las botas y se levantó de un salto, empuñando a Gorgthaab.—¿Han regresado los gorg? —insistió el celestial, alarmado.La presencia de Rarnhorg se había transformado en un ser oscuro y palpitante, como una bestia gigantesca, retorciéndose en vapor plomizo. Sus grandes cascos golpearon estruendosamente el suelo y su respiración llenó el salón, como el bufido de una tormenta. Giró a medias la cabeza astada, de ojos como pozos sin fondo. Era aterrador. A Sheran le pareció imposible que apenas unos instantes antes hubiera estado haciendo el amor con aquello.—¡Rarnhorg, detente! —le gritó Sheran—¡Dime lo que ocurre!Aquel ser monstruoso se volvió apenas, pero le ignoró y desapareció a través del muro.Sheran avanzó todo lo que pudo en aquella dirección, hasta que la correa le retuvo. Y entonces lo percibió, como un eco que le hizo temblar las entrañas. Se dobló sobre sí mismo, golpeado por una presencia desconocida. Y sin embargo, todo desapareció de golpe, como si alguien hubiera corrido un grueso velo y se lo ocultara. El joven apoyó la espada en el suelo y se incorporó, respirando profundamente. Se mordió los labios con fuerza, contemplando impotente las piedras que le impedían ver, sentir y saber lo que ocurría tras ellas.Otra vez volvió a ser consciente de que se rompía en pedazos. No tenía necesidades que le acuciaran. Ni hambre, ni sed, ni siquiera sueño. Siempre que dormía era porque Rarnhorg le obligaba, sobre todo en las épocas en que le dominaba una desesperación que no conseguía ahogar. Solo había dos cosas que podía hacer en su interminable cautiverio para calmar el torbellino que le estrujaba las tripas: enfrentar a los gorg y acostarse con Rarnhorg. Y si podía elegir, prefería de largo empuñar su espada y despedazar demonios de fuego antes que lo segundo. Por muchas cicatrices que aquello le costara. Pero los gorg habían desaparecido. Quizá los había matado a todos o simplemente evitaban el lugar donde se encontraba, después de que los huesos de centenares de ellos se hubieran amontonado sus pies sin conseguir matarle. Y ahora lo único que le quedaba era follarse a un hechizo. Sheran se dejó caer sentado y apoyó la mejilla en la hoja de la espada que sostenía contra el suelo. Esperando que ocurriera algo. De repente pidiéndolo a gritos. Gritos que levantaron ecos infinitos en aquel salón desolado e inmenso.
lunes, 24 de octubre de 2011
Escribir + dibujar = no dormir (o alucinar con criaturas mágicas)
Dejo aquí patente la causa de mi prolongada ausencia, solo como testimonio de que no me he fundido en la nada. Simplemente estoy completamente abducida por el Photoshop (y el Corel Painter).
Se trata de un somero esbozo a lápiz que con ayuda de mis dos aliados digitales espero transformar en una ilustración con algo más de enjundia. Ya colgaré el resultado final. Después de mi experimento pimientil, es mi primera incursión en las procelosas aguas de la pintura digital, por lo tanto existen altas probabilidades de que vaya a peor… y a peor. Carpe diem. Disfrutad de su estado actual.
Se trata de un personaje de “El Heraldo de la Guerra”. Un íride, Diaárguemarnerwirindë, contemplando su fortaleza de Nauni-Axell. Evidentemente nadie tiene ni pajolera idea de lo que es un íride, porque me los he sacado de la chistera. O mejor dicho, de lo que hay debajo de esa chistera. Una imaginación saltarina. Como hace tiempo que no os regalo ni una línea de mi fértil pluma, acompaño el dibujo con un antiguo apunte extraído del libro (el cuarto, creo), donde se les describe:
Pero de todos los maravillosos prodigios que encerraban las tierras del fuego, no existía ninguno que brillara por encima de la magnificencia y la majestad de los nueve príncipes de Aubron. Írides eran llamados y señores de la guerra, pues el gran gnomo los había creado para que guardaran su reino y por esta razón su poder era inconmensurable y, sin embargo, no mayor que su indescriptible y perfecta belleza. Aubron les había dado formas parecidas a los descendientes de Umruhre, a los que él había amado una vez, pero eran diferentes a ellos, porque poseían una sobrenatural hermosura y eran más altos y en todo más sublimes que los pueblos de Faro Are, de los que Aubron estaba decepcionado. Tan satisfecho quedó el gran gnomo que los llamó hijos suyos y él mismo se llamó padre de ellos y los írides fueron lo último engendrado en Ixänfâgorn, pues Aubron supo que nunca volvería a crear con tal grandeza. Y, así, fueron aceptados como señores por todas las criaturas que habitaban su reino y, apenas llegados a las tierras del fuego, los írides lucharon contra todos aquellos seres que no estaban bajo el cetro de su señor y que eran muchos, pues muchas eran las fuerzas desbocadas que se debatían en Ixänfâgorn. Se dice que eran ellos los que mantenían el delicado equilibrio de las inestables tierras del fuego y que evitaban con su poder que aquel continente se resquebrajara y desapareciera.
Nueve eran los príncipes de Aubron. Primero hubo dos, los más poderosos, pero uno murió en Faro Are, después de haber desafiado orgullosamente a su padre, al partir al continente bendecido para ayudar a los celestiales. La única cosa que Aubron les tenía prohibida a sus esbeltos príncipes. A su muerte, durante mucho tiempo, el gran gnomo del fuego se ocultó y guardó silencio. Pero después de su mano nacieron los siete siguientes y el penúltimo de ellos fue la obra más bella levantada en todo el mundo de Aar y ninguna maravilla, del mar, del cielo o de la tierra pudo comparársele nunca, aunque todos los írides habían sido semejantes de nacimiento. Más tarde, Aubron les dio nombres, excepto al primogénito, que ya lo tenía, y fueron estos nombres largas palabras de poder, con las que el gran gnomo podía invocarlos, aunque se encontraran muy lejos. Y si lo hizo así, fue porque aún recordaba como el segundo de sus príncipes se había rebelado contra su voluntad y había partido hacia Faro Are, para hallar la muerte. Pero sólo Aubron conocía los siete nombres de poder de los írides y sólo el primogénito tuvo un nombre sin poder alguno que lo atara: Valharargganor, al igual que lo había tenido el segundo, Gedevanieh, cuya fortaleza permanece silenciosa y cubierta de ceniza. Sus hermanos usaron solamente los fragmentos iniciales de sus largos nombres, pues áquel que conocía el nombre completo de un íride podía tener cierto poder sobre él y, si no era una criatura extraordinariamente poderosa, la certeza de su propia muerte. Descubrir ese secreto era así mortal. Estos fueron los nombres con que siempre se les conoció: Valharargganor, el primogénito, Car'Obrerondannarianrod, el oscuro, Dirnenvanieanaharmorë, el de penetrantes pensamientos, SilhodInseniroiel, el de pelo rojo y espíritu llameante, Ninhänadegaladielgwyn, que amaba la música, Nuenaed’Egarnoediad, el cazador, Diaárguemarnerwïrinde, al que también llamaban ojos grises, e Ithilielduinguilgalandë, el joven.
Todos ellos eran extraña y eternamente jóvenes, pálidos, de rasgos suaves y ojos profundos y brillantes, con una belleza evanescente, como la luz blanca que corta las sombras en los bosques más umbríos, corteses, encantadores y galantes cuando querían, amantes de la música, en la que eran grandes maestros, pues tocaban instrumentos y componían melancólicas baladas o terribles cantos de guerra, que cantaban con su ronca y dulce voz. Sus cabellos eran largos y abundantes, como los de las mujeres de Faro Are. Algunos los recogían en larguísimas trenzas y otros los llevaban ocultos bajo hermosos tocados de brocado orlado de oro. Sin embargo, a pesar de su esplendorosa apariencia, los írides eran temibles de espíritu. Su única pasión era la guerra y ningún guerrero de ninguna otra raza había podido vencerles jamás. En la batalla eran salvajes, feroces y extraordinariamente hábiles con las armas, tanto la espada como la lanza, y sus enemigos les temían más que a ningún otro de los poderes de Aubron, pues no en vano eran llamados señores de la guerra. Nada podía oponerse a su paso y tras ellos no quedaba más que humo y silencio, si se despertaba su ira. Por estás y otras razones, Aubron, el gran gnomo del fuego que los había creado, los amaba sobre a todas sus otras posesiones.
Y ya que mentamos al dichoso libro, he empezado con la segunda parte de la primera parte (¿no os recuerda esto a los Hermanos Marx?). En cuanto tenga un fragmento un poco pulido, lo incluiré en el blog.
Me encuentro en un desgarradora encrucijada. Tengo un trabajo que apenas me deja tiempo libre y el poco que tengo no me da para escribir y dibujar. ¿Cómo he solventado la situación? Dejando de dormir.
lunes, 22 de agosto de 2011
Sniff… Ya de vuelta
Para mí terminó el periodo vacacional. Después de navegar durante días y días por un hirviente océano de centenares de historias imposibles, languidece la imaginación, descansan en el armario secreto de mi memoria mis armas literarias y empuño de nuevo los bártulos cotidianos y racionales que me llenan el plato de garbanzos. Descansa en paz, musa enloquecida. Sirva el dibujo para ilustrar el patético estado en que me encuentro ahora. Quien pudiera estar siempre abriéndose camino a través de una vorágine de sueños, dándoles forma letra a letra…
lunes, 4 de julio de 2011
De entrevistas, entrevistados y entrevistadores…
¿Qué aspirante a escritor, en sus sueños más enfebrecidos, no se ha visto a sí mismo concediendo entrevistas a diestro y siniestro, plagadas de florilegios verbales, ingeniosidades sin fin e iluminando el desierto intelectual del mundillo literario con la llamarada cegadora de su musa de fuego? Es curioso lo fácilmente que fluyen las palabras cuando nadie las escucha. A borbotones, desbocadas, luminosas. Y es curioso constatar como acabas empantanado hasta el cuello en un barrizal de palabras, transformadas en un muro que te separa de lo que quieres decir, cuando las apilas unas sobre otras, cuando te toca hilvanar dos frases seguidas con cierto sentido y miga enfrentado a una entrevista real. ¿A dónde se ha fugado aquella pléyade de ideas arrebatadoras, que habían de subyugar a tus lectores/oyentes, cuando te sientes absolutamente incapaz de transmitir una décima parte de lo que te bulle en la cabeza?
El corsé con que nos cosemos la lengua, el photoshop de personalidad que pretendemos llevar a cabo adornándonos con conceptos impropios de nuestros excesos y nuestros defectos, que es de donde en definitiva surge buena parte nuestra creatividad, es una losa que nos impide llegar a la sublime liberación del entrevistado. Yo adoro la imperfección. Mis mejores escritos han surgido de mis obsesiones, de mis manías, de inclinaciones no demasiado recomendables. De mis carencias y de mi falta de estabilidad emocional. De mi inmadurez. De una búsqueda constante de un equilibro que nunca encuentro. De dejarme llevar por los fantasmas de mi niñez. En una entrevista nos empeñamos en repetir el monocorde discurso de lo que creemos que los demás esperan escuchar y es aquí donde el entrevistador, que a su manera es también un artista, debería retorcer los lugares comunes y guiar al entrevistado por caminos paralelos, trazar vericuetos menos transitados con el noble fin de no dormir hasta a las ovejas. Ha sido mi primera experiencia como entrevistada y casi me traumatizo. Soy muy poco cabal. Me siento como una de las últimas ácratas sobre la faz de la tierra, soy una ferviente defensora de la pereza como una virtud y no un pecado, impolíticamente correcta y sí, yo también me meto alguna vez el dedo en la nariz. Espero que mi entrevista sea tan imperfecta como yo.
Sirva esta digresión como coartada intelectual para incluir (como por casualidad) la entrevista que me hicieron en el nro. 8 de Imaginarios. Una publicación de tan variopintos contenidos que incluso yo he tenido cabida en ella.
Y aquí os dejo el enlace del último número de esta interesante publicación: index.php-option=com_content&view=article&id=1027-imaginarios-junio-2011-ique-vienen-los-zombis&